viernes, 7 de marzo de 2008

Sobrevivir

Sí, no siempre es fácil. Hay ocasiones, en las que  uno incluso quisiera no tener que loguearse. Esto es un juego, sin duda. Y a veces, en el juego, uno tiene tan malas cartas, que no sabe si renunciar, o por lo menos hacer un poco larga la agonía; no por un supuesto y mal entendido orgullo, sino más bien, porque a veces es difícil renunciar sin al menos dar un par de coces.

A saber.

jueves, 14 de febrero de 2008

Seguidos.

Y sí.

No ha sido exactamente un mal día, pero es un hecho que tengo miedo. Lo que más incomoda del destino, no es su inminencia, sino su insufrible olor a proximidad.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Reflexiones Estadísticas.

Siempre he creído que el optimismo, como forma de vida, es una completa pérdida de tiempo. A los optimistas, quienes simplemente creen que todo saldrá bien, y viven de una suerte de 'opio buena onda', que les permite salir adelante, y omitir lo malo, dan ganas de patearlos, por optimistas.

A los que por el contrario, lo ven todo fatal, y gustan de dramatizar la más pequeña gota de agua en el vaso ése de las tempestades, también los abomino, aunque comparativamente, los pesimistas son menos estresantes que los optimistas. No sé. Al menos el dolor, o la desazón dan lugar a algo de inspiración artística, composición poética, o sana locura. Dale, no estamos aquí para sufrir. Claro, tampoco para ser felices. ¿Qué queda? ¿El navegar tranquilamente entre estas dos orillas, y que te llamen conformista?


Crear expectativas es un ejercicio útil. De lo mal generadas o planteadas que estén, depende esa terrible sensación de fracaso, o esa temible sensación de vacío si es que acaso se han cumplido. Prefiero a los que maldicen en vez que a los que se resignan. Maldecir es lo más catártico que puede ocurrirnos. Una vez que se ha maldicho lo suficiente, invariablemente vienen o el llanto que todo lo lava, o el mágico buen humor que todo lo cura. Cuando nos reímos de nuestras propias tragedias, o cuando nos reímos de las tragedias de los demás, devolvemos las cosas a su punto original.

Empecé pesimista, en una liga en la que creí que me iban a patear. Me puse optimista, en algún momento, donde estuve incluso en primer lugar. Alimenté mi ego con estadísticas del Alltid. Regresé en breve a la realidad, y pasé el momento liberador de reírme de mi propia mala suerte. He encontrado el equilibrio. Los primeros instantes, me sentí satisfecho. Después, llegué al estado que castiga todos los pecados del conformismo y la capacidad de hacer un análisis concienzudo de las cosas.


Estoy sumamente encabronado. Todos los jugadores van a la venta. Un partido sin goles, es como el sexo sin orgasmos.

viernes, 8 de febrero de 2008

Cinco minutos.

Hay montón de momentos cruciales. Unos, son la bifurcación justa entre el éxito y el fracaso. Otros, son simplemente decisiones y caminos concretos entre un mar de 'hubieras' que tampoco interesan.

El tema, es que no siempre puede uno decidirse a tiempo. A veces lo mejor es no decidir, aunque esto en sí sea una decisión. Es sólo que a veces, hacen falta unos minutos para comprender exactamente qué es lo que estamos decidiendo...

jueves, 17 de enero de 2008

Dados y canicas.

Alguna vez mencioné no estar obsesionado con el éxito. Y aunque esto es leído como un signo inequívoco sea de pusilanimidad, de conformismo, o de simple carencia de expectativas, es realmente así. Otra vez el estúpido jueguito en línea me pone a reflexionar sobre todas las cuestiones que se entretejen alrededor de él.

A veces, y haciendo el inevitable paralelismo con la vida real, cuando las cosas salen bien, es muy fácil hablar del éxito: De las decisiones acertadas que hemos tomado, de cómo nos hemos sobrepuesto a la adversidad, de cómo el camino no fue fácil, pero gracias a nuestra interminable lista de cualidades, logramos bla bla bla. Sí. Sí que es fácil contar historias de éxito. Y cuando los resultados nos son adversos, en el otro extremo, también es fácil de contar: maldecimos a nuestra suerte, a los misteriosos engranes invisibles que se atascaron impidiéndonos lograr aquello que tanto deseábamos, y le damos muchos tintes de dramatismo. ¡Ay, dolor, ya me volviste a dar!


Uno basa su estrategia para encarar cualquier problema, con base en su conocimiento, su experiencia, su intuición. A veces sale, a veces no, pero al menos obtenemos aquello que es tan característico de la experiencia (se adquiere cuando ya no se necesita). Sin embargo, hay momentos en donde algún escollo inesperado lo echa todo a perder, pues nunca lo consideramos factible. Es como un accidente, como un tropiezo que por incalculado causa la indigerible sensación de frustración del "si no hubiera..."

Allí, donde no puede ser considerado un fracaso por lo mucho que se había avanzado, pero tampoco un triunfo, porque tampoco se obtuvo lo que se deseaba, es donde contar la historia comienza a complicarse. Donde ya no se sabe qué esperar de ella, donde escapa a nuestro entendimiento, y las horas de reflexión se vuelven inútiles. La satisfacción de haber dado el mejor esfuerzo, no es paliativo de nada. Y por más que en un arranque de optimismo conciliador, querramos creer que siempre habrá otra oportunidad, lo cierto es que lo que estaba allí, perdió un poco de su aura, perdió un poco de su frugal sabor de logro, de su primer aroma a gusto. Perdió la sorpresa, perdió la magia.


Si la vida da uno de esos giros que tanto gustan de redactarse —para bien o para mal, el recuerdo de todo tal vez esté algo agotado de latir, o esté lo suficientemente frío para que podamos tomarlo de nuevo; tal vez ya pase al estante de la experiencia.. Y tal vez se termine volviendo en algo útil. Pero mientras tanto, más que doler, es difícil de interpretar. Si alguien me conoce o al menos medio me ubica y lee esto, pensará que hablo de la eliminación de mi equipo en semifinales de un torneo de Copa. Le concederé la razón, así sea por no dar explicaciones. Si alguien me conoce verdaderamente, comprenderá que esto es una intrincada y elaboradísima metáfora de algo que va mucho más allá, y que aún no digiero. La vida a veces nos sorprende tirando sus dados, justo cuando estamos jugando a las canicas.